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Martes 22 Mayo 2012
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Que calle para siempre

Tuvo que aumentar el tono de su voz porque notó que desde las primeras filas nadie le oía, pero cuando consiguió hacerse escuchar, habló y habló sin tregua, con genial elocuencia, y tanto duró su exposición, que primero se sentó el cura detrás del altar, y luego los padrinos y los monaguillos, y también el fotógrafo oficial en una tablilla suelta del retablo. El novio no, el novio quemaba con su mirada a la inocente mujer de blanco que también de pie trataba de adivinar la identidad de aquel orador empedernido, el cuál había alcanzado ya cotas de una retórica propia de los grandes políticos del siglo XX.
 
Pero calló de pronto, como hipnotizado. Se había colocado unas gafas enormes y se acercaba por el pasillo central hasta los bancos donde casi desmayados se encontraban los familiares de los contrayentes. Desde allí observó a la novia un par de veces y luego se llevó las manos a la cabeza, consultando su reloj.
 
Salió de la Catedral en el mismo silencio que provocó la charla, arrepentido de su evidente error, y quien se asomó para ver dónde iba, lo encontró acodado en la fachada barroca, esperando la siguiente boda, muy correcto y fumando un pitillo.
 
Pero él ya no pudo confiar jamás en ella, y una sombra oscura y espesa se formó como un muro en las vidas de aquella pareja de recién casados.

 

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Autor:  Nacho Pérez - (Relato Finalista I Certamen de Relatos Hiperbreves de Fufosa http://www.fufosa.org/relatosbreves ).