La confusión era total. Gritos, explosiones, siseo de balas –amigas y enemigas– y toda clase de ruidos engendrados en aquel pedazo de infierno se filtraban a través de los árboles y se replicaban en su cabeza como si ésta fuera un campanario. La respiración, entrecortada, arrastraba hasta sus pulmones un aire seco con sabor a pólvora y a tierra. Los disparos ya se oían demasiado cerca. Si quería escapar, debía hacerlo ahora. Dio una rápida mirada alrededor, se echó la bendición, saltó del matorral en el cual estaba agazapada y corrió tan veloz como pudo en medio de aquella espesa vegetación que le dificultaba la huída. Repentinamente, sin saber de dónde, apareció un fusil apuntándole a la cabeza. Quedó inmóvil, paralizada, con la mente en blanco.
Con el arma temblándole entre las manos, el soldado vio esos pequeños ojos negros –casi salidos de sus órbitas– y trató de llenarse de motivos y razones para apretar el gatillo... Se acordó de los secuestros, de las minas antipersonales, de los compañeros mutilados, de los atentados dinamiteros y de las sangrientas tomas a los pueblos; pero, especialmente, se acordó de Santiago, el amigo que murió en sus brazos la semana pasada luego de la emboscada que les hicieron cuando patrullaban la zona. Había tantas cosas para recordar y tantas justificaciones para disparar... Ahora, sin embargo, teniéndola a tiro de fusil, le parecía imposible que ella, casi una niña, fuera capaz de hacer esas cosas.
De todas maneras se oyó el disparo.
Desde el piso, tirado sobre la hojarasca, el soldado la vio perderse entre los árboles del bosque mientras pensaba –ya para qué– cuánto más peligroso podía llegar a ser, en una guerra, la compasión que el odio.
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Autor: Claudia_Ch
- (Relato Finalista I Certamen de Relatos Hiperbreves de Fufosa http://www.fufosa.org/relatosbreves ).





