No sé. Quizá las cosas no ocurrieron así. Ni siquiera los pasados se mantienen invariables. Durante un tiempo me oculté la historia, latente, indisponible para el recuerdo.
Yo tenía dieciséis años. Me gustaba exhibir por el mundo un aire de soledad sereno. Aunque la cafetería estaba vacía, un hombre maduro, bien vestido, vino a sentarse en la mesa de al lado de la mía. Insinuó una sonrisa por saludo, mientras sus ojos pedían admiración o respeto, apuntando que aquel método para persuadir muchachas lo había practicado muchas veces. Encontré tres o cuatro adjetivos contradictorios para definirlo mientras inventaba una nueva categoría de lástima, segura de poder desmontar cualquier aspiración del hombre. Pero él no aceptó mi indiferencia. Temí sentirme condenada a confundir desde entonces el odio con el recuerdo de la cara del hombre. Y huí. Atravesé el bullicio de las calles de Donosti, para refugiarme en el Acuario. Tan bien me escondí, que el perseguidor desistió y desapareció. Pero yo me quedé allí encerrada. Creció y se agotó la noche. Ya de mañana, una limpiadora me encontró, encogida en el suelo, abiertos los ojos y la boca, pez muerto sin sueño. Sus palabras de ánimo no me sacaron de los huesos el miedo frío y compacto que me paralizaba. Aquella vigilia acuátil me instaló sin retorno en un océano silencioso y oscuro. Sé que aquellos bichos frígidos me robaron, sólo con su mirada imbécil, una parte de mi mente, de mi alma, de mí misma.
Ya más de mil días. Y aquí sigo, en el Acuario. Los médicos lo recomiendan.
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Autor: Miguel
- (Relato Finalista I Certamen de Relatos Hiperbreves de Fufosa http://www.fufosa.org/relatosbreves ).





